miércoles, 16 de marzo de 2011

Diabluras

Se enrolló sobre sí mismo para rodar hacia ellos. Al chocar, los ángeles volaron por el espacio con sus alas blancas imperturbables. Todos terminaron despedazados en el suelo.
Matacus, el orgulloso armadillo, se desenroscó para disfrutar el festejo de los niños.
—¡Chuza! —gritaban los pequeñines frente al nacimiento hecho trizas.

viernes, 11 de febrero de 2011

Casa de la Kumari en Katmandú


Fotógrafa: Amélie Olaiz

Intendencia


Mi trabajo es reparar lo que se desgasta. Cambio lo viejo y hago que funcione lo inservible. Me contrataron como empleado de mantenimiento, pero soy mucho más que eso porque maquillo, conservo, embellezco. Perfecto por siempre para la creencia popular. Mi trabajo es silencioso y nadie me agradece. Pero a mí no me importa. Soy un dios y mi magia reside en aparentar que el tiempo no pasa. Simulo eternidad.

miércoles, 21 de julio de 2010

Paraísos paralelos

Para Agustín Monsreal
Ella escribe sobre las bellezas marinas. Él, que nunca ha salido de la urbe de concreto, no ceja en su intento de hacerle creer que el mar no existe. Ella sale del ciber café acuático, sacude la cola y se zambulle de lleno en el agua.

sábado, 21 de noviembre de 2009

El día que me encontré a mí misma


Fotógrafa: Amélie Olaiz

Nos encontramos a la salida del baño. Ella no me vio. Impresionada regresé a los lavabos. Frente al espejo esperé que saliera del retrete. Al ver mi reflejo sacudió la cabeza. Tras unos segundos miró de nuevo. Iguales, éramos exactamente iguales.
Abrí las llaves para que corriera el agua. En un movimiento automático me mojé la cara. Ella volvió al excusado y jaló la palanca otra vez.
Cuando salió yo ya no estaba ahí.

jueves, 5 de noviembre de 2009



Fumie Sasabuchi
2008
Works on Paper (Drawings, Watercolors etc.)
Coloured pencil, ball pen, fashion magazine
h: 23.1 x w: 29.7 cm / h: 9.1 x w: 11.7 in
Japanese

Parca

Yo me esmero en ignorarla. Ella me abraza con afecto y espera con paciencia infinita el momento en que, irremediablemente, volveremos a unirnos.

martes, 27 de octubre de 2009

Confesiones de la piel

Después de dormir con los conquistadores, la Malinche, supo que aquellos hombres que apestaban a diablos no eran dioses.

sábado, 25 de julio de 2009



Ilustración Aly de Villers

jueves, 23 de julio de 2009

Alambique

Para Nige

Antonia cruzó el océano para ver a Isela, su amiga de siempre. Iba sin algo especial que decirle, sólo esa necesidad que surge de quién sabe dónde y se vuelve urgencia. Al llegar a Valencia dejó su equipaje en el hotel y se fue a sentar con Isela en la terraza de muros rojos y azules, que le recordaba el calor del infierno y la frescura del cielo. Las dos mujeres hablaron muchas horas, tantas que se convirtieron en días y semanas. Ambas sabían que con palabras destilarían el bálsamo para las tristezas.
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martes, 21 de julio de 2009

Muro en las sombras

El sol juega con la bugambilia
Fotógrafa Amélie Olaiz

El precio

Para la mamá de Alfonso y de Montana

La pequeña manita regordeta tiró de la blusa dejando al descubierto el brassier de la sirvienta. Eva fijó la vista en él unos segundos. Ahí estaba su sostén favorito, el de moño azul en el centro del escote, con aquél encaje terso que la sedujo el día que lo compró en Victoria Secrets. La sirvienta se cubrió de inmediato y reprendió al niño con una dulzura fingida. Eva pensó que hay cosas que se pueden confundir pero no una prenda tan personal, no la que a su marido más le gustaba. Eva clavó la vista en el vacío mientras la furia le subía desde el centro del vientre, nada de que el viento se llevaba las cosas del tendedero, ni que el bebé rompía todo o ella olvidaba sus cosas en el hospital... era la sirvienta la ratera. Frente a Eva se abrieron dos caminos: uno repetitivo, cotidiano, circunscrito a las cuatro paredes de su casa y a su hijo. El otro era largo y sinuoso pero le ofrecía un título y después la especialidad, la emancipación... No podía correrla, no ahora que estaba a punto de entrar a la residencia de medicina interna.

miércoles, 20 de mayo de 2009

hombre desconsolado



Miguel Ruibal

martes, 19 de mayo de 2009

Las contradicciones que asustan a La Parca

Para Marco Antonio Karam

En casa de los Negrete no se hablaba de la muerte porque era invocarla sin razón. Por eso preferían ignorarla todo el año, hasta que llegaba el día en que con bombo y platillo festejaban el aniversario luctuoso del abuelo.

domingo, 10 de mayo de 2009

Manejando el mundo con sombras

manejando el mundo con sombras
Quienes saben dicen que con la sombra del cuerpo se manejarán las computadoras del futuro.
Fotógrafa: Amélie Olaiz

Antaño también es virtual

Para Luis Olaiz

El joven se levanta de la mesa, da una palmada cariñosa al abuelo en la espalda y dice antes de subir hacia donde se encuentra su computadora.
—Nos vemos al rato abue, chido tu rollo man.
El abuelo lo mira irse y se vuelve para observar a quienes quedan alrededor de la mesa. Sólo su hijo y su nuera.
—Cuando yo era un niño —dice mirando sus manos arrugadas —siempre quería quedarme a la sobremesa para escuchar la conversación de los grandes, pero nos corrían porque los temas no eran propios para los niños. Así que oíamos a escondidas para ver si pescábamos algo.
—Sí papá pero ahora todo lo encuentran en internet. Ya no necesitan a los adultos para aprender.
—¿También se aprende a conversar en internet?
—Bueno, pues hay chats donde intercambian información, foros o páginas como facebook donde publican sus opiniones.
—Sí, don Sergio, pero pocos saben escribir bien, mucho menos conversar, la mayoría quiere ser leído y pocos leen —dice la nuera mientras sirve el café.
—Pues si no les importa me gustaría tomar el café junto a mi nieto en su computadora.

lunes, 23 de febrero de 2009

Incontrolable deseo


Fotógrafa: Amélie Olaiz


Aquella tarde vagaba sin rumbo fijo. La brisa era tenue, el sol se había escapado por el horizonte y el calor amainaba. El cálido crepúsculo era, sin duda, mi momento favorito. Distraído me tope con ella.
Cuando la vi quedé suspendido en el espacio. Un diminuto bikini apenas la cubría. Su piel rojiza, sus vellos dorados; quise sentirla cerca, tenerla bajo mi cuerpo. Ella estaba ahí, tendida sobre la arena, dormida, ajena a mi pasión.
Me acerqué lentamente sin emitir sonido alguno, no me sintió. La recorrí completa, saboreándola. Me retiré un par de veces, movimientos bruscos me hicieron pensar que había despertado. Desde lejos volví a mirarla, el deseo me rebazaba. Animado por su inmovilidad, me acerqué de nuevo, no podía contenerme, la mordí suavemente una y cien veces más.
Un golpe certero me dejó inconsciente. Mi mente salió abruptamente de mi cuerpo y miré desde arriba. Un charco de sangre rodeaba mi cadáver, aun posado sobre su vientre.
Antes de partir a otra existencia, alcancé a escuchar su voz.
—Pinche mosco, mira como me dejó.

domingo, 8 de febrero de 2009

Sombras en Yuma de Pedro Meyer

Un hombre consciente de su sombra

Amélie Olaiz
Cada tarde cuando anochece Javier se pone su sombrero y sale a pasear. Le gusta sentir el aire de la noche en la cara, pero se cubre la cabeza para que las ideas se sientan seguras y se expresen abiertamente. Por la acera, junto al parque, iluminado por los faroles, se ve al hombre que camina acompañado por su sombra.

Siempre ha sido un solitario y así quiere seguir viviendo; alejado del bullicio que perturba. Camina pendiente de su respiración y los pensamientos aparecen lentos en su mente, tan lentos que es capaz de desmenuzar su contenido y hacerlo mendrugos que suelta a su paso. Gracias a esos mendrugos su sombra lo ha seguido hasta hoy, con ellos se mantiene entretenida.

Por el camino ven pasar las sombras de las personas, la mayoría van unidas; algunas en pareja mezclándose como si fueran una sola, otras juegan en grupo sobre el asfalto, algunas se reúnen en una esquina o parlotean con conocidas. A la sombra de Javier le hubiera gustado tener más contacto social, más relación con las sombras, bailar, conversar y observarse en un muro escondido dando un beso. Hasta tomar un par de tragos y caminar haciendo zig zag entre la luz y la sombra le hubiera divertido.

Pero a Javier no y ella no ha tenido más remedio que seguirlo. Lo quiere bien, aunque está un poco aburrida de la misma rutina y la silenciosa soledad que los rodea. Javier lo sabe, por eso cada noche la saca a pasear, para que se distraiga y viva un poco del bullicio citadino.

Hace varias noches Javier notó que las sombras de dos transeúntes, tan cotidianos como él en sus paseos, los miraban con insistencia, una insistencia que Javier calificó como grosera. También se percató de que su sombra, curiosa, miraba de hito en hito a los sombríos intrusos visuales. Por eso aceleró el paso y caminó con más firmeza, pero un pequeño jalón en el pie izquierdo lo hizo pensar que una parte de su sombra se había desprendido. A medio día, cuando el sol estaba en el cenit, se paró sobre ella y talló los pies contra el piso para que la sombra se adhiriera de nuevo con fuerza.

Confiado salió la noche siguiente y varias más, hasta que hoy la sombra se desprendió por completo. Javier la vio correr calle arriba para reunirse con otras sombras, entre ellas la de una mujer de silueta fina y cuello largo. Dos grandes lágrimas cayeron de los ojos de Javier y se borraron en la oscuridad del pavimento. Antes de perderla de vista, las luces de un auto iluminaron un muro y la vio muy acompañada y contenta. Ya volverá, piensa Javier, que sabe lo importante que es para cualquiera balancear su luz y su sombra.

lunes, 19 de enero de 2009

La muerte del cine mudo

El hombre abandona el viejo cartel y entra a la sala del cine. Camina por el pasillo central. Lleno de asombro observa que su silueta no se recorta sobre la pantalla.
Durante la escena de las explosiones, asustado, se oculta tras una butaca. Saca la cabeza y mira hacia los lados. Del suelo recoge dos palomitas de maíz que coloca en sus orejas. Se incorpora para observar la balacera, tapando, de hito en hito, su cara con los brazos. Permanece absorto unos minutos. Mueve su pequeño y tupido bigote, gira sobre sus talones y se enfila hacia la salida. Con el frac raído, su bombín sobre el pecho y el bastón en la mano, va decidido a guardar un milenio de silencio.

Lyric Theatre, Third Avenue between 12th and 13th street, Ma...
Abbott, Berenice. Photographer. April 24, 1936