lunes, 23 de febrero de 2009

Incontrolable deseo


Fotógrafa: Amélie Olaiz


Aquella tarde vagaba sin rumbo fijo. La brisa era tenue, el sol se había escapado por el horizonte y el calor amainaba. El cálido crepúsculo era, sin duda, mi momento favorito. Distraído me tope con ella.
Cuando la vi quedé suspendido en el espacio. Un diminuto bikini apenas la cubría. Su piel rojiza, sus vellos dorados; quise sentirla cerca, tenerla bajo mi cuerpo. Ella estaba ahí, tendida sobre la arena, dormida, ajena a mi pasión.
Me acerqué lentamente sin emitir sonido alguno, no me sintió. La recorrí completa, saboreándola. Me retiré un par de veces, movimientos bruscos me hicieron pensar que había despertado. Desde lejos volví a mirarla, el deseo me rebazaba. Animado por su inmovilidad, me acerqué de nuevo, no podía contenerme, la mordí suavemente una y cien veces más.
Un golpe certero me dejó inconsciente. Mi mente salió abruptamente de mi cuerpo y miré desde arriba. Un charco de sangre rodeaba mi cadáver, aun posado sobre su vientre.
Antes de partir a otra existencia, alcancé a escuchar su voz.
—Pinche mosco, mira como me dejó.

domingo, 8 de febrero de 2009

Sombras en Yuma de Pedro Meyer

Un hombre consciente de su sombra

Amélie Olaiz
Cada tarde cuando anochece Javier se pone su sombrero y sale a pasear. Le gusta sentir el aire de la noche en la cara, pero se cubre la cabeza para que las ideas se sientan seguras y se expresen abiertamente. Por la acera, junto al parque, iluminado por los faroles, se ve al hombre que camina acompañado por su sombra.

Siempre ha sido un solitario y así quiere seguir viviendo; alejado del bullicio que perturba. Camina pendiente de su respiración y los pensamientos aparecen lentos en su mente, tan lentos que es capaz de desmenuzar su contenido y hacerlo mendrugos que suelta a su paso. Gracias a esos mendrugos su sombra lo ha seguido hasta hoy, con ellos se mantiene entretenida.

Por el camino ven pasar las sombras de las personas, la mayoría van unidas; algunas en pareja mezclándose como si fueran una sola, otras juegan en grupo sobre el asfalto, algunas se reúnen en una esquina o parlotean con conocidas. A la sombra de Javier le hubiera gustado tener más contacto social, más relación con las sombras, bailar, conversar y observarse en un muro escondido dando un beso. Hasta tomar un par de tragos y caminar haciendo zig zag entre la luz y la sombra le hubiera divertido.

Pero a Javier no y ella no ha tenido más remedio que seguirlo. Lo quiere bien, aunque está un poco aburrida de la misma rutina y la silenciosa soledad que los rodea. Javier lo sabe, por eso cada noche la saca a pasear, para que se distraiga y viva un poco del bullicio citadino.

Hace varias noches Javier notó que las sombras de dos transeúntes, tan cotidianos como él en sus paseos, los miraban con insistencia, una insistencia que Javier calificó como grosera. También se percató de que su sombra, curiosa, miraba de hito en hito a los sombríos intrusos visuales. Por eso aceleró el paso y caminó con más firmeza, pero un pequeño jalón en el pie izquierdo lo hizo pensar que una parte de su sombra se había desprendido. A medio día, cuando el sol estaba en el cenit, se paró sobre ella y talló los pies contra el piso para que la sombra se adhiriera de nuevo con fuerza.

Confiado salió la noche siguiente y varias más, hasta que hoy la sombra se desprendió por completo. Javier la vio correr calle arriba para reunirse con otras sombras, entre ellas la de una mujer de silueta fina y cuello largo. Dos grandes lágrimas cayeron de los ojos de Javier y se borraron en la oscuridad del pavimento. Antes de perderla de vista, las luces de un auto iluminaron un muro y la vio muy acompañada y contenta. Ya volverá, piensa Javier, que sabe lo importante que es para cualquiera balancear su luz y su sombra.

lunes, 19 de enero de 2009

La muerte del cine mudo

El hombre abandona el viejo cartel y entra a la sala del cine. Camina por el pasillo central. Lleno de asombro observa que su silueta no se recorta sobre la pantalla.
Durante la escena de las explosiones, asustado, se oculta tras una butaca. Saca la cabeza y mira hacia los lados. Del suelo recoge dos palomitas de maíz que coloca en sus orejas. Se incorpora para observar la balacera, tapando, de hito en hito, su cara con los brazos. Permanece absorto unos minutos. Mueve su pequeño y tupido bigote, gira sobre sus talones y se enfila hacia la salida. Con el frac raído, su bombín sobre el pecho y el bastón en la mano, va decidido a guardar un milenio de silencio.

Lyric Theatre, Third Avenue between 12th and 13th street, Ma...
Abbott, Berenice. Photographer. April 24, 1936

lunes, 12 de enero de 2009

Siempre hace rato siempre después

Lunes 7 am
La señora Clari estira la mano y apaga el despertador que suena como clarín del ejército, se levanta enfundada en un camisón medio transparente que cae gracioso sobre su cuerpo y deja ver una silueta bien formada que camina por el pasillo rumbo a la recámara infantil. Despierta a su hijo de cuatro años, le pone la camiseta al revés, le sube los pantalones sin cerrarle la bragueta, y mientras el chiquillo se lava las manos ella lo medio peina, lo medio besa. Todo muy rápido, apresurada porque está cayendo en cuenta que hoy tiene citada a una clienta para facial a las nueve y a las diez le pondrá vendas a una de sus antiguas amigas que ha engordado como loca, luego dos asesorías de color, una junta con el personal de la clínica, montón de cosas, será un día pesado.
Mientras el niño desayuna el huevo revuelto que le ha preparado la sirvienta, la señora Clari se mete unos pants, se alisa el pelo, calza unas chanclas de hule, esconde los ojos sin maquillar tras un par de lentes negros, coge las llaves del coche, sale cargando la lonchera, mete al niño en el asiento trasero y se sube en el sitio del conductor.


7:45 am

La señora Clari arranca el coche y conduce mientras hace un recuento de las cremas que necesita para el facial, se pregunta si aún queda suficiente humectante o está por terminarse. Una ligera presión en la cintura la hace llevar la mano derecha para soltar el resorte de los pants que está pellizcando la piel, siente una pequeña llantita en el pliegue del tórax y se pregunta qué comió el día anterior. Se culpa porque sólo debió haber comido nopales en lugar de zamparse la quesadilla con chorizo que dejó su hijo mayor. Tendrá que hacer dieta el resto de la semana para bajar ese desagradable gordo. Pero sería bueno también ayudar con las vendas frías, así logrará bajar más rápido ese kilo de más. Se siente molesta porque cada día es más difícil conservar la figura, antes con dejar de cenar un par de días era suficiente, pero ahora no puede bajar más que haciendo dieta.

7:58 am
La señora Clari ve desde la esquina la cola de coches que se forman para dejar a sus hijos en la escuela, qué flojera esperar a que tanto niño se despida y se baje del coche. Con la cantidad de pendientes que tiene para hoy ya debería estar bañándose para irse a la clínica. Sobre el asiento de copiloto hay un folder lleno de papeles que se había propuesto revisar en casa pero ahora se da cuenta que lo olvidó. Cuánto papelerío. Eso de administrar no es lo suyo, ella preferiría dedicarse sólo a los tratamientos de belleza y que alguien más se encargara de administrar el negocio, pero en estas épocas no se puede confiar en nadie, tiene uno que estar con un ojo al gato y otro al garabato. Hace un par de días se dio cuenta que faltaban trescientos pesos en la caja y algunos tintes y barnices en el anaquel de la bodeguita, seguramente la nueva asistenta se está robando los productos, hace tiempo que no notaba faltantes, se propone estar más atenta y al pendiente de lo que hacen sus empleadas. El músculo de la espalda se le tensiona. Será mejor que vuelva pronto a casa, tiene que apurarse mucho sólo espera que su clienta no llegue tarde porque entonces se le retrasarían todas las citas de la mañana.

8:12 am
La señora Clari llega a la puerta de su edificio y ve a su marido que está a punto de subirse al coche. Le toca el claxon y él se acerca para saludarla.
—¿Y él niño?, ¿por qué no fue a la escuela? —pregunta el marido.
La señora Clari, desconcertada, mira el asiento trasero y ve a su hijo sentadito mirando a su padre con una sonrisa de oreja a oreja.

Madrid scenes de rue

Title: Madrid scenes de rue
Date: ca. 1908
Medium: negative, gelatin on glass
Dimensions: 9 x 12 cm.
George Eastman House Collection

sábado, 3 de enero de 2009

Distorsión


Fotógrafa: Carolina Mendoza

Miniguerras frente a la pantalla

La madre mira la televisión. El programa que hoy tiene más raiting es el ataque americano a Irak. Pero a ella lo que más le preocupa es su hermano. El chico es muy joven y pertenece a las tropas que atacarán Irak por tierra. Por eso no pierde detalle.
Mientras prepara la cena, supone que miles de seres humanos ven estos acontecimientos al igual que ella. Amanda su hija la saca de sus cavilaciones.
—¿A que huele?— pregunta la niña parada frente a la televisión.
A pollo cocido…—dice la madre
—No mamá, ¿a qué huele la guerra?
Huele a muerto, piensa mamá, pero sólo alcanza a mascullar un tímido:
—No sé.

**

Bob está recostado con una bolsa de papas fritas sobre el vientre y una cerveza helada en la mesa donde está la fotografía de su pequeña hija Amanda. La niña prefiere quedarse con la madre el fin de semana. Una punzada se le encaja en el estómago cuando piensa en ella, pero así son los divorcios y no puede remediarlo. Bob tiene los ojos fijos en la pantalla y su piel se ilumina y se oscurece con cada destello que emerge de la tele, efecto de los misiles que caen sobre la ciudad de Bagdad.
Su hijo le pregunta si ha visto el balón de fútbol americano, el padre no responde porque la ofensiva está en pleno y faltan algunas yardas por avanzar. El niño mete una mano dentro de la bolsa, toma un puño de papas que se mete a la boca, vuelve la mirada hacia la pantalla y con la boca medio llena le pregunta al padre
—¿A qué sabe la guerra?
—…¿eh?
El chico mira la bebida de su padre sobre la mesita y piensa que quizá lo salado se mitigue con un buen trago de cerveza. Bebe el liquido que se le derrama por las comisuras de la boca. La sensación amarga le molesta pero piensa en tomar otro trago.
—Largo de aquí muchacho— grita el padre mientras le da una cariñosa nalgada —vete por una coca cola al refrigerador y trae otra cerveza.
El chico olvida el balón, la coca y la cerveza. Toma el rifle de postas que está recargado junto al sillón. En la mañana vio un nido de pájaros en el árbol del patio trasero, quizá aún haya suficiente luz para atinarle.

**

Eudora llega agotada del despacho de abogados. Nada como un buen baño, piensa. Abre la llave del agua caliente y agrega menjurjes a la tina. Prende la televisión y jala el mueble con rueditas que la soporta para ponerlo frente a la puerta del baño. Quiere ver las imágenes de las noticias que escuchó por la radio de su BMW cuando volvía a casa. El tráfico estaba denso así que se enteró de las últimas acciones del ejercito americano. El presidente Bush se irá a descansar a la casa de campo el fin de semana. Ha convidado a todos los ciudadanos a hacer lo mismo. Las tropas americanas se encargarán de defender los intereses de Norteamérica, de Dios y del mundo. Baja el volumen de la tele y pone el aparato de música sobre los lavabos. Introduce un CD de Britney Spears y se sumerge entre burbujas y sales aromáticas. La temperatura de su cuerpo aumenta abruptamente. Las imágenes de guerra y la música inquietan sus deseos. Bob no vendrá está noche porque cuida a su hijo. Mete las manos bajo las burbujas que toman el color ámbar de las explosiones, toca su sexo y arquea el cuerpo con los ojos bien cerrados.

**

Andy entra a casa jalando a July de la mano. Antes de cerrar la puerta ella lo acorrala contra la pared y le lame la cara. Andy trata de desvestirla con desesperación. Ella lo para, cierra la puerta de una patada y le dice:
—Primero un toque, así disfrutamos más.
Andy tira la chamarra sobre el loveseat y prende la pantalla gigante, no quiere ver la tele pero el movimiento es automático y ni siquiera lo piensa, cada vez que llega a casa hace lo mismo.
July saca unas sábanas que compró fuera de la universidad y de la alacena extrae un bote pequeño que dice cookies. Saca mota suficiente para hacer un cigarrillo que prende, chupa ansiosamente y lo pone en la boca de Andy. Las sensaciones se afinan y July recuerda que todo su cuerpo tiene vellos. Andy la desviste, luego la empuja hasta acostarla sobre la chamarra que aventó frente a la tele. Las imágenes se tiñen de amarillo explosión y Andy descubre que los colores de la guerra son más brillantes cuando se monta encima de July y la penetra.
La imagen del misil que destruye el cuartel general de Saddam Houssein ilumina a la pareja desnuda sobre el sillón de piel negra. Andy puja para tocar fondo, levanta el tronco y termina en un orgasmo viendo la pantalla que le regaló Eudora, su amada hermana.

**

Naira está sentada sobre el sillón frente a la TV cuando llega su marido a casa. Junto tiene varias mesas con todo lo que puede necesitar, jarra de agua, libros que nunca lee, bolsas de cacahuates y papas fritas, un periódico, el teléfono inalámbrico, un par de botellas de refresco y un tanque de oxigeno en el lado derecho. Pero lo más importante está sobre la mesita lateral, los controles de su mundo, un mundo que puede apagar y prender a placer: la antena parabólica, la video casetera, la televisión. Todo a mano para evitar moverse.
—Parece Rambo VII— dice el marido después de sentarse frente a la tele.
—No sé, nunca he visto nada de ese actor, sabes que odio la agresión y las películas de guerra— dice Nadira sin mirarlo.
Las explosiones en los diversos puntos de la ciudad árabe la tienen absorta. ¿Y si aún existieran familiares suyos en Bagadad? ¿Cómo saberlo? Hace tanto tiempo que perdió contacto con sus primos…
Hace dos semanas sufrió una intervención quirúrgica. July su hija es esposa de uno de los médicos que la operó . Dice que su marido afirma que la cirugía fue un éxito.
Naira se alegra de que sus abuelos árabes hayan decidido venir a América. Allá estaría muerta ahora. La tecnología de la primera potencia del mundo es increíble. Gracias a esto la han salvado y tendrá cuando menos quince años más de vida. Quince años más para seguir viendo la tele.

Fotógrfa: Amélie Olaiz

jueves, 18 de diciembre de 2008

Tigrito, pintito.

El muchacho le grita a su madre.
—Ya me voy.
Lanza las llaves del coche al aire, las cacha y cierra la puerta tras de sí.
La madre le grita.
—No te vayas, ya es de noche mejor quédate, no debes beber mientras manejas.
El muchacho vuelve a la casa, entra directo a la cantina, coge una botella de ron y la esconde bajo la chamarra de piel. Sale de nuevo a la calle y arranca el coche rechinando llanta.
—Es buen muchacho, muy responsable y obediente, nunca toma mientras maneja —afirma la madre con la mirada extraviada y la quinta copa de tequila en la mano.

martes, 9 de diciembre de 2008

El arcángel de la escalinata III

La necesidad se volvió apremiante al ver la tarde nublada. Ya no la puedo controlar. Soy un adicto. Me es imprescindible el dócil tacto de la túnica sobre mi piel, el maquillaje, las alas... Deslizándome despacio entre las nubes bajas llegué a la escalinata, frente al templo. En cada acción toda mi mente; mano sobre el pasamanos, pie derecho un peldaño arriba. Aspiración profunda y expiración lenta, muy lenta... Inmóvil. El tiempo se fundió con la niebla y el mimo se apoderó de mí, sólo sentía la fuerza de las miradas. Mimo, audiencia y yo unidos para crear un arcángel.
Una mujer, sin mirarnos, abrió su bolso, sacó unas monedas y las dejó caer a mis pies. Me quité las alas, recogí el dinero y me fui de allí.




Dibujo: Amélie Olaiz

lunes, 8 de diciembre de 2008

El arcángel de la escalinata II

La neblina se desplazaba abrazando los edificios viejos. Yo cubrí mi cuello con la solapa del abrigo negro y caminé de prisa hacía la sacristía. Poca gente circulaba en la calle. Sobre las escaleras de mi parroquia creí ver una figura que desplegaba sus alas blancas. Parecía haberse helado durante el ascenso. Las nubes se rendían a sus pies. El viento, cómplice musical, jugaba con su túnica y su melena. Un suave aroma a caramelo se desprendía de sus plumas. Los milagros dejaban de ser primores del pasado. Gracias Señor, al fin escuchaste mis oraciones, murmuré mientras lo observaba arrobado. Una mujer pasó junto a él, metió la mano en su bolsa, sacó una moneda y sin verlo siquiera la dejó caer a sus pies. El mimo se quitó las alas, bajó la escalinata y se fue de ahí.

lunes, 1 de diciembre de 2008



Dibujo de Mike Kirby

lunes, 24 de noviembre de 2008

Déjà -vu

Pequeñas tuercas, tornillos y engranes ocupan su sitio. Trozos blancos se unen y la carátula deja de ser un rompecabezas imposible. Los romanos vuelven de direcciones opuestas y se integran al orden determinado. Las manecillas regresan como flechas que recobran el rumbo. La cadenilla, una serpiente de oro suspendida en el espacio, se engancha a la tapa. Huesos, uñas, vellos y piel son de nuevo las manos que sostienen el reloj de bolsillo. El hombre, ya sin prisa, lee la frase que su tatarabuelo grabó: “No fuerces el tiempo porque puede explotarte en las manos”

viernes, 6 de junio de 2003

La promesa de Tamara

Al sentir como deslizaba en su anular una nueva argolla de oro, seis eones después de compartir vida tras vida con él, Tamara recordaría, con pesar, la promesa que le hizo frente a un fuego extinto: te amaré siempre.


Dibujo de Mike Kirby


EL ARCÁNGEL DE LA ESCALINATA


Las nubes bajaron de visita la tarde en que lo vi. Estaba detenido a mitad de la escalera frente al templo, pasmado, como quien durante el ascenso inesperadamente se encuentra con Dios. Sólo el cabello plateado y la túnica blanca se movían con el viento. Una pluma se desprendió de sus alas y pasó junto a mi cara: olía a caramelo. Contemplarlo renovó mi fe perdida; la piel de gallina me delataba. Al pasar junto a él, una mujer dejó caer una moneda en un recipiente. El sonido me sacó del arrobo.
Mimo Arcángel se quitó las alas para recoger su bote, bajó la escalinata y se fue de mi.


Dibujo de Mike Kirby

Fullerías para enamorados

—¿Cómo puedo dejar de amar al hombre de mis oníricas añoranzas? —preguntó la dama.
—Ponle una trampa —sugirió el brujo.
—Seguiré sus instrucciones —dijo mientras esculcaba en su bolsa para sacar papel y pluma.
—No necesitas tomar nota, la cuestión es simple —afirmó el hechicero inclinando el tronco hacia ella y clavando la vista en sus pupilas —abre los ojos durante los sueños.


Dibujo de Mike Kirby

Sociedades que trascienden

—¿Qué haces aquí?— preguntó exaltado.
—Vine para hablar de negocios— respondió con tranquilidad.
—No chingues, tú estás muerto.
—Muerto sí, inactivo no.
—¿Y qué carajos quieres conmigo? Mejor busca un cura.
—Quiero mi parte del botín— dijo metiendo la mano en la caja fuerte, sin abrirla.
—¿Tú dinero? No mames, allá ni te sirve.
—Claro que sí, ya hice un estudio de mercado y quiero contratar un matón.
—¿Para matar a quién?— preguntó nervioso.
—Tranquilízate sólo quiero mudar el negocio para acá, pero necesito, primero, traerte a ti.


Dibujo de Mike Kirby

Que ni la muerte los separe

Estar cerca del árbol la llena de energía. Ahí grabaron un corazón con sus nombres. Pero el Pirú tira mucha basura y Renata barre de prisa porque se siente ansiosa lejos de Antonio. Le gusta sobarle los pies para que se relaje. Después, sentada en la mecedora, con el vaivén arrulla la espera y dormita las deudas de noches en vela. Antonio, su marido, está muy enfermo.

Desde la semana pasada el nieto, que estudia medicina, se mudó a casa de los abuelos. Todos los días, al regresar de la universidad encuentra el patio limpio y un montoncito de hojas en la esquina donde el viento no llega. En la habitación del abuelo observa la huella que deja un trasero en la sobrecama. Entrada la noche escucha el rítmico rechinar de la mecedora. Por eso ya no quiere vivir ahí, dice que, desde que murió la abuela, en esa casa espantan.


Dibujo de Mike Kirby

Un instante de gloria

El edificio dañado por la explosión ha sido reconstruido. El nuevo portero observa que la línea ocho, de la centralita telefónica, está ocupada. No pone demasiada atención porque se sabe solo en las instalaciones y piensa que debe de ser un falso contacto en el conmutador.
Dos pisos arriba un ejecutivo, imperceptible a la visión humana, revive los sucesos una y otra vez:
La llama de fuego penetra por la ventana oriente. Sus compañeros de oficina vuelan desmembrados. La temperatura es muy alta pero él se aferra al teléfono porque, después de tantos años de jugar a la lotería, una voz le dijo que había ganado el premio mayor.

Confirmación de viudez

Me tenía sujeta por la cintura cuando abrí la puerta.
Ambos nos quedamos pasmados al verlo. Everardo y yo
pensábamos que había muerto en la expedición.
Demacrado se sentó en su sitio favorito, frente a la chimenea encendida. Entre escalofríos y palabras cortadas compartimos la cena; él fingía comer.
Pasada la media noche, el horror nos penetró completo, porque a través de su pecho pudimos ver el fuego que se extinguía.

Apodo de mujer

La apodaron Muñeca por su belleza y la hicieron partícipe del juego. Ella desempeñó el papel con temple de porcelana. Cuando sus ojos se volvieron vidriosos y su piel perdió el lustre, la expulsaron del juguetero.


Dibujo de Mike Kirby